sábado, 23 de mayo de 2015

Sudando el istmo.

A las once de la mañana arrancó un chaparrón, de esos que siempre nos hacen pensar en construir un arca. Una señora colombiana y buenamoza quien atiende las labores del apartamento donde vive el amigo que me dio hospedaje, me sirvió de almuerzo pollo y unos vegetales deliciosos con aceite de coco.

Desde el piso treinta y pico, la increíble vista de toda la Avenida Balboa y del océano besando a cada rato la Cinta Costera, era una imagen borrosa por la lluvia. El Pacífico es un novio feo, gris y tímido, con mareas muy bajas que dejan ver un fondo de arena negruzca y que solo seduce si sé le mira desde  lejos o desde muy alto.

Me encontraba en Ciudad de Panamá porque perdí un vuelo de conexión y debía esperar el avión del día siguiente. No alquilé carro, lo cual me impedía salir a pasear en medio de aquel diluvio, entonces  con la mala intención de quedarme dormido, decidí echarme en un sofá a leer un libro mientras pasaba la lluvia.

Cuando me desperté eran más de las tres de la tarde. Bajé a la calle para recorrer la ciudad y al abrir la puerta del lobby recibí el golpe en la cara. No era posible adivinar los grados. El calorón era brutal. Caminé rápido hacia la calle y recordé un baño turco, que al entrar se siente como si el vapor formara cortinas invisibles, que se van apartando mientras uno se mueve.

Ya en la acera me enfoqué en los carros, en el policía de la esquina, en el gringo en guayabera desgastada con un celular viejo en la mano, quien vino por unos días para triunfar y al fracasar se quedó para siempre, en los taxis que hacían sonar la corneta antes de que la luz del semáforo cambiará, en el motorizado repartidor de pizzas, que cruzó frente a un carro lujoso y la mujer elegante que lo conducía tuvo que frenar de imprevisto y le gritó malas palabras que no pude oír.
Crucé  en la esquina del Hilton y subí por la Calle Aquilino de la Guardia, el edificio de Banesco está a mitad de la cuadra con un lobby en la planta baja lleno de cajeros automáticos. Seguí caminando y levanté la vista, vi un letrero a casi trecientos metros de altura, TowerBank, como si la mole de acero y cristales negros me advirtiera porqué el banco se llamaba así.

Una cuadra más adelante del lado izquierdo, estaban levantado otra torre de oficinas, ya sé que no hay más tierra en Ciudad de Panamá para construir otro edificio, pero a veces me pregunto, ¿Y habrá más cielo para rascar?, creo que tampoco. La empresa constructora instaló unas defensas para proteger a los peatones, en caso de que algún obrero descuidado se le ocurriera dejar caer un ladrillo y esto me hizo recordar Nueva York, bueno… digamos una acera de Nueva York.

Llegué hasta la Avenida Nicanor de Obarrio, la que todo el mundo llama Calle 50. El sudor empapaba mi camisa, alguna vez un amigo me contó una historia inventada y en la mitad me decía que esta calle había alcanzado el record Guiness como la avenida con más oficinas de bancos en el mundo entero, algo de verdad habría en aquella mentira.

Seguí caminando y en la próxima esquina al mirar a la derecha, vi a una cuadra el restaurant Beirut, donde sirven una comida árabe exquisita y en frente la fachada del Marriott Panamá, que aún con dignidad sigue compitiendo contra la desmedida oferta de cuartos de hotel en la ciudad. Aquel calor y la humedad no pueden ser tan malos, aún entre un edificio y otro la vegetación y el verde de los árboles en la ciudad eran alucinantes. Cuando se habla de flora y exuberancia debe ser aquello.

La acera se volvió una cuesta ascendente, como si el calor no fuera ya razón para hacer sudar a cualquier cristiano, pasé frente a una Farmacia Arrocha y me hizo pensar que era de las primeras, porque las nuevas sucursales lucen más modernas, aunque por dentro todas son lo mismo, una oferta interminable entre cosas que se necesitan y cosas que no.
Una cuadra más arriba llegué a la Vía España, entré en una sucursal de una empresa de telefonía celular, sentí llegar a un oasis en mitad del Sahara, no habían palmeras ni agua fresca, pero había aire acondicionado..! Me senté allí a descansar un rato y después que una empleada me preguntó por tercera vez si podía ayudarme en algo, ya me dio pena seguirle robando el asiento a los clientes, así que decidí salir. 

Justo en frente hay una estación del Metro, Iglesia del Carmen se llama, sin pensarlo mucho aproveché la oportunidad de mi paseo sin rumbo para conocer el sistema de trenes, bajé las escaleras recién construidas y me enfrenté a la máquina que dispensa tarjetas.
 “Meta un billete”, “Esta máquina no da cambio”, “El cambio se abona en su tarjeta”. “Retire su tarjeta”. Cuando se usa un sistema de Metro en el mundo ya todos los demás son fáciles. Dirección? Tomé hacia Albrook. Los panameños prácticamente acaban de inaugurar su Metro, pero parece que lo usaran de toda la vida, empleados del gobierno, obreros, estudiantes, señoras mayores, niños, todos subiendo y bajando con cara de expertos. Policías en todas la estaciones, hasta en los vagones, no viajando sino de servicio.

Toda escoba nueva siempre barre bien, el Metro de Panamá es nuevo y funciona de forma impecable, limpia, ordenada, los usuarios conocen las reglas, las respetan, los trenes llegan a tiempo, el sitio está lleno de cámaras de seguridad, de escaleras mecánicas y de letreros. Estoy seguro que la escoba seguirá barriendo bien, ya lo he visto en otras partes. En nuestros países la cultura del Metro ha domesticado a nuestros ciudadanos. 

En las calles la gente se comporta de una forma peculiar, lanza papeles en la vía, dice improperios, le quita el derecho de paso a los demás y demuestra ser incivilizada en forma recurrente. Eso sí, al bajar aquellas escaleras y entrar en una estación, todo es diferente. Una especie de chip toma el centro de control de la conducta y nos convertimos en ciudadanos ejemplares. Respetamos las reglas, esperamos detrás de la línea amarilla, cedemos el asiento a los ancianos, sujetamos el pasamano en la escalera, dejamos salir antes de entrar, y nunca pero nunca gritamos o hablamos en voz alta, es la cultura del Metro que nos transforma durante los minutos que dura  cada viajecito.

“Estación Santo Tomás, Lotería, estación 5 de mayo, estación final Albrook, por favor desalojen el tren”. Al salir el calor volvió a azotar. Agua en forma vapor me entró por la nariz y sentir  aquella densidad me hizo querer una escafandra que ayudara a respirar. Recordé el chiste de un amigo judío que vive en la ciudad y dice: “aquí en Panamá hay tres niveles de humedad: Humid, More Humid, and Oh my God!”.

La estación del Metro se integra al Terminal de Pasajeros de la ciudad a través de una pasarela que atraviesa por encima una autopista, ríos de gente iban y venían. Los que iban, bajaban por unas escaleras y conectaban con el sistema de transporte terrestre, principalmente operado con  autobuses que cubren rutas interurbanas a Vacamonte, Vista Alegre, La Chorrera, pequeñas ciudades que sirven de dormitorio a la capital. Uno de estos lugares se llama Arraiján, y hay quien dice que el nombre viene de castellanizar la indicación en inglés “at right hand”. No se extrañen, ya sabemos que la zona canalera fue territorio norteamericano durante casi cien años, donde la soberanía era igual que en las orillas del Potomac. Si ese fuera el origen real del nombre, me parece justo el desquite y el decir y escribir en puro español que la cosa está “arraiján”.

La caminata me dejó en medio del Allbrook Mall, un centro comercial que atiende a media  Panamá y  media Latinoamérica. Si metemos en una olla los tres centros comerciales más populares de la Florida, listo! ahí está el Allbrook. Tiendas, tiendas, cientos de tiendas; dólares, dólares, miles de dólares. En Panamá los precios están escritos en balboas, pero todo el mundo paga en dólares americanos. Piense en una marca, piense en un producto, allí está. Celulares, electrodomésticos, comida, computadoras, lencería, juguetes, farmacias, ropa, zapatos, lentes de sol, relojes, carteras, artículos deportivos, productos de belleza, diría una de mis primas quien es muy frívola: “todo lo que se necesita para ser feliz”.

Caminé por el mall, compré una camisa, un  par de zapatos, una gorra. Me dolían los pies, aquel lugar es inmenso. Entré en un restauran con barra, me senté y leí en el menú “Sancocho grande B/. 4.95”. La sopa estaba deliciosa. Pregunté por la receta y el mesonero me dijo: “…el culantro señor, el secreto está en el culantro”.

Regresé mis pasos y entré de nuevo al Metro, al colocar mi tarjeta en la máquina leí mi saldo, el costo me pareció razonable por el servicio. Me bajé en la estación que subí al inicio y volví a caminar la calle por donde fui. Era de noche y había oscurecido, me di cuenta que llevaba bolsas de compras, un reloj en mi muñeca, un celular y mi billetera en el bolsillo, pensé en tomar un taxi para evitar el riesgo de un asalto. Recordé que estaba en Panamá y no en Caracas, que esa zona de la ciudad era muy segura, no había nada que temer. Disfruté las cuadras de vuelta caminando, ya no hacía calor.

MH.

martes, 7 de abril de 2015

II.

II.
Gamboa nunca supo porque a aquel bendito pueblo le llamaban Las Trinitarias. Desde su llegada no había vista una mata ni mucho menos una flor con aquel nombre. Era tan solo un lugar  reseco, cuyo único jardín era el mantenido con férrea voluntad por la viuda López o la bruja López como él decidió bautizarla. En medio de aquel llano, sin ninguna actividad económica importante aquel caserío iba directo a la desaparición. Escucho decir que al otro lado del pueblo había un puesto de la Guardia Nacional como con 20 hombres que resguardaban la zona. Y pensó:
-Jodío está el guardia que manden pa’ ca, porque no sé a quién carajo ira a martillar, si en esta vaina se están muriendo de hambre.
En su segundo día ya conocía la bodega, la ferretería y el burdel. Y los tres establecimientos apestaban. En el último encontró varias mujeres regordetas y maltratadas, que al verlo entrar contonearon los nalgones apretados en unos pantalones de lycra brillante. Los pocos clientes del lugar solo venían a escuchar música y a beber, como si ya conocieran de memoria cada rincón de las anfitrionas y hubieran perdido cualquier interés. Después de la cuarta Polar, empezó a ver a la más morena de todas de lo más bonita. La invitó a bailar un merengue de esos nuevos de Elvis Crespo y después de los amapuches, ella lo llevó hasta el cuarto.
-Son veinte mil y no te lo chupo.
Le dijo como si estuviera hablando de lavar la ropa pero sin planchar. Gamboa se quitó la camisa y se tiró boca arriba en la cama, que hizo sonar una orquesta de resortes y recordó su primera vez…
Su primo Juan José con otro amigo, se lo llevaron sin decirle para donde. El se montó en el cajón de la camioneta pickup y arrancaron. Como a los veinte minutos  se desviaron de la carretera y entraron por un camino, después de pasar un portón consiguieron una redoma pequeña bordeada por cuatro o cinco cuchitriles, cada uno con un bombillo rojo en la entrada y dos o tres carros estacionado frente a cada casa. Ellos llegaron a la última en la que veía menos gente. Su primo se bajó del vehículo y viéndolo a él aún sentado, le dijo:
-Bájate guevón, ¿que estas esperando,  el  bus pa' Caracas?
Cuando entraron se dio cuenta de donde estaba, todavía era un muchacho pero tampoco tan pendejo para no saber a qué lo habían traído. Su primo y el amigo le brindaron una cerveza y lo dejaron solo en un rincón de la salita mientras cuadraban con las putas en la parte de atrás de la casa. Al final lo llamaron.
-Bueno primo, aquí es cuando la mona no carga más al monito, ya usted va a saber de verdad  pa’ que Dios le dio esas dos bolas.
Lo metieron en un cuarto caluroso con una camita individual y un ventilador de techo. Sintió una erección en su entrepierna y no supo si era de miedo o de ganas. En la penumbra vio entrar a la mujer de buen cuerpo y olorosa que contrastaba con el lugar y se alegró por su buena suerte. Cuando ella se acercó lo miró a la cara y en un acento colombiano y pesado que no era de la costa, le pregunto qué cuantos años tenía. Él mintió y le dijo que dieciséis, la mujer lo miró y le dijo:
-Bueno pues, yo me llamo Pilar, desvístase que hoy va a cumplir dieciocho.
Él obedeció en silencio y se sentó en la cama, ella también se quitó la ropa. Cuando empezó el manoseo ella retiró la mano y le pregunto:
-¿Como que dieciséis, si casi no tiene pelos en esa vaina?
Siempre fue un hombre lampiño, y aunque de muchacho eso lo acomplejaba un poco, ninguna de sus mujeres se quejó jamás. En aquel momento su estatura lo ayudaba, pero aquella zona despoblada estaba delatando sus catorce recién cumplidos. Y trato de excusarse:
-Bueno mire yo soy lampiño, es cosa de familia.
-¿Cosa de familia?, no sea embustero, que por aquí ya han pasado el padre suyo y todos sus primos y hermanos y yo seré puta pero corruptora no, así que pa' su casa y a esperar otro invierno.
Él le pidió que no se echara para atrás, y ante las ganas del muchacho y el dinero  ya cobrado. La mujer hizo su trabajo. Un trabajo bien hecho que mantuvo a Gamboa como pasajero fijo en el cajón de la camioneta durante mucho tiempo. Esa noche en Las Trinitarias, Gamboa extrañó a Pilar, aquella colombiana buena moza y aseada que conocía su oficio.
Después de terminar con la morena, se fue caminando hasta la pensión de la Viuda López y como esta se demoró en abrir la puerta, pensó que ya alguien le habría dicho que venia del burdel y la vieja estaría recogiendo sus maletas para echarlo por inmundo y pecador, pero la vieja  apenas se limitó a darles las buenas noches y a echar doble cerrojo a la puerta.
                Al otro día  se despertó temprano. En dos mordiscos se comió la arepa rellena con queso rallado que le ofreció la Viuda y un café sin azúcar y con olor a clavitos, que le supo a menjurje de brujerías. Salió a la calle principal del pueblo y mientras caminaba sin rumbo, se entretuvo pensando ¿Por qué El Viejo no había salido como una tromba a buscar a  la muchacha? ¿Por qué lo citó a escondidas en la oficina del administrador para darle instrucciones?
-Tráigamela Gamboa, tráigamela como sea, viva o muerta, pero eso sí, sin hacer bulla, que no hay nada peor que la vergüenza cuando uno está viejo. Y esta muchacha no va a hacer que yo baje la cabeza cuando le pase por el lado a cualquier bolsa del pueblo.
Esa quizás debió ser la razón. La vergüenza. Esa vergüenza y pena que se lleva dentro del alma. Esa importancia que le damos a  la opinión ajena, como si el vecino o el conocido nos dieran de comer y necesitáramos su aprobación para vivir nuestra vida. Esa, sería la única razón del viejo para no armar un sanplegorio, traerla arrastrando y darle una paliza en medio de la calle principal. Ya el viejo Colmenares tenía un problema: estaba viejo. Y con esa vaina ni el más pintao'. Dicen que lloró el primer día y la maldijo otros dos y al cuarto llamó a Gamboa.
Viva o muerta! le dijo entre dientes, bajito casi inaudible pero seguro de que le entendiera. Gamboa no era un santo, carajo! pero matar a la hija del patrón no era comerse un helado. Así que desde que salió a buscarla se propuso lo primero. Viva. Además seguía soñando con la muchacha, hermosa, trigueña, bonita... ¿Qué le vería a un idiota vendedor de seguros? Según le dijeron, la única característica que tenía el muchacho era esa: idiota. Pero al mismo tiempo pensó que no sería tan pendejo cuando se atrevió a llevarse a la hija de Felipe Colmenares, aunque también había la posibilidad de que hubiera sido ella quien se lo llevara a él.
Seguía caminando por el pueblo y al doblar la esquina de la plaza, la vio venir. Ese meneo era único, ese poner un pie delante del otro, un muslo delante del otro, un brazo delante del otro. Toda ella era única. ¿Qué podía hacer única a una muchacha pueblerina que ni siquiera había terminado el bachillerato? ¿Sería que veía mucha televisión e imitaba la sensualidad y las poses de las artistas de cine? Pero en ese caso tendría que haberse aprendido de memoria las películas de Marilyn Monroe. Y Gamboa entonces cayó en cuenta: se le parecía a Marilyn Monroe! Había visto dos o tres películas de ella y siempre después de cada película pasaba una semana con sudores. Nadie como Marilyn, nadie. Coño, que hicieran cien películas, con cien nuevas artistas de donde fueran, pero nadie como Marilyn Monroe, eso si fue una hembra. Una mujer capaz de decir con la pura mirada que si te acuestas con ellas irás al cielo y vendrás de vuelta.  En eso no tenía imitaciones, era única.
Pero algo tenía María Coromoto Colmenares de Marilyn y no era el color de la piel o el pelo rubio. Era ese saberse bien buena, ese  coqueteo, esa invitación siempre incumplida de “vamos a tirar”, que no sale de su boca sino de sus caderas. Y allí estaba, bajando por todo el medio de la calle, como si no hubiera roto un plato, con todo el sol de la mañana para ella sola y ese picardía en la cara de la muchacha que se está haciendo mujer a punta de hombre.
Gamboa se hizo el distraído y para que no lo viera, se metió en una quincalla polvorienta que solo tenía un estante con algunas cajas llenas de botones y unos rollos de encajes blancos que ya eran amarillos por los años de estar colgados. Esperó que a la muchacha no se le ocurriera venir a compra hilos y lo descubriera ahí parado sin una buena excusa que la de cumplir el encargo del viejo. Pero María Coromoto paso de largo, como sin rumbo fijo, como si anduviera en lo mismo que él, conociendo el pueblo y buscando su destino.  La voz lo sorprendió:
-¿Que se le ofrece?
Una señora gorda y sudorosa estaba justo a su lado y lo miraba con desconfianza, en un dos por tres se le ocurrió decir:
-No nada doña... Pero... ¿será que usted vende refrescos?
-Si como no… tengo maltas pero no están muy frías…  le provoca una?
Gamboa pidió la malta y siguió a la muchacha con la vista a través de  la ventana. La señora regreso de inmediato con la botella y no le apartaba la vista.
-Y usted, ¿anda de visita?
Gamboa quiso responder que esa vaina no era asunto de ella, pero apenas dijo:
-Si,… usted sabe,  trabajo.
Estaba seguro que la gorda debía ser de lo más chismosa y a lo mejor le daba información de la joven. Y a la segunda malta ya le había contado que el vendedor de seguros tenía una tía en el pueblo, que él también había nacido allí pero su madre se lo llevo chiquito para Caracas, que era hijo único y huérfano de padre, que se había sacado a esa muchacha de quien sabe dónde y se la encasquetó a la tía por una semana mientras le buscaba una casita en Turmero, que estaba planeando casarse, pero según ella  “ya pa’ que, si ya lo hecho hecho estaba”, que la muchacha no debía ser ninguna inocente porque pasaba tarde y mañana caminando por el pueblo y tenía a los hombres alborotados, que el tal Luis se había ido hacían dos días a trabajar y que el fin de semana debía estar de vuelta y que eso no era muy seguro porque vendía seguros y se la pasaba del tumbo al tambo, que tenía un carro nuevecito pero hacían dos meses lo chocó porque venía borracho por La Encrucijada y tropezó un camión y fue a dar a la cuneta y se volteó, que su hijo que es latonero le ofreció un buen precio pero él prefirió dejarlo en otro taller porque y que le dieron mejor precio y...   Aquella vieja era la vaina más habladora que hubiera existido. Cuando Gamboa logro escaparse ya sabía todo referente al tal Luis Amaya y a la mitad de la gente de aquel pueblo.
Las calles estaban llenas de gente y algunos carros. En pleno mediodía el calor era insoportable y no había rastro de la muchacha. Pero él ya sabía dónde encontrarla, gracias a la gorda de la quincalla casi conocía por dentro la casa de la tía alcahueta. Mientras caminaba hacia los teléfonos públicos, seguía pensando que le vería la muchacha a un bobo como ese. Llamaría al viejo para que le enviara una camioneta y más plata, porque no sabía qué carajo podía pasar en los próximos días. Y siguió pensando y suspirando:
-Ay Coromoto, ay Coromoto…


viernes, 17 de mayo de 2013


La vida sin ti.



Extrañarte se ha vuelto una rutina. Cada vez un poco menos constante, con menos ansiedad, pero un par de veces al día te siento a mi lado.
Recuerdo tus cosas, tus detalles, las frases que decías cuando estabas de mal humor. Pero también, tu capacidad infinita de hacerme feliz, de recordarme mis cosas buenas y lograr que olvidara mis defectos.
Los últimos años de nuestra relación son un tesoro, un montón de imágenes y de momentos vividos que guardo en una caja fuerte de mi memoria, inalcanzable para cualquier otro que te hubiera conocido y tan familiar a mí.
Los muchachos se mudaron a Florida pero siempre te recuerdan, bueno ya no son tan muchachos. Valeria está muy linda, cumplió dieciocho y ya está en la universidad. Alvaro es un hombrón de mal carácter, pero noble y “fundamentoso” como tu decías. Manuelito ya está grande, tiene catorce, pero sigue siendo el bebe risueño de quien te enamoraste.
Mis hermanos están bien. Bueno casi bien. Luis está trabajando con esa pasión que le caracteriza y sigue renuente a casarse, será un ermitaño como tú  temías y César  vive  en Tenerife, criando sus hijos junto a Nieves, con ese espíritu de soldado de siempre.
Las cosas siguen igual por aquí. Mi negocio tienes años malos y años mejores, pero no te preocupes ya me he acostumbrado y no me estreso tanto.
Todo aquello que me dijiste ahora lo entiendo perfectamente. Hoy estoy convencido que no se puede ir a ninguna parte sin antes llenarse el corazón de valentía y amor, porque al fin he aprendido, que la alegría de vivir si es cierto que nace de adentro y no depende de lo que pase fuera de nosotros.
Aunque a veces pienso que  no practicaste muchos tus consejos, entiendo que la vida que viviste no fue fácil. Ya eso no importa. Siento que en medio del tiempo y la distancia por tu ausencia tenemos una relación buenísima..!
            Quiero reconocer mi inmenso orgullo por haber sido parte de ti,  de tu vida y de esas personas que te conocieron y que aun te aman y te admiran.
Mi historia nació con la tuya y mi vida siempre estará llena de ese amor incondicional que nos demostraste a los tres por ser tus hijos.
¿Que hubiéramos sido sin ti? Nunca tengo respuesta a esa pregunta, porque lo que me diste y me enseñaste no pudo ser mejor.
Ojalá el amor hacia mis propios hijos y a las personas que me rodean, algún día cuando yo no esté, les  permita vivir eso de extrañar el verdadero amor. Esa misma rutina que disfruto tanto y que me hace volver a tu lado todos los días...

MG

lunes, 1 de abril de 2013


Sabor Oscuro.
A diez años egresada del Instituto Universitario de Detectives y desde entonces trabajando en el Departamento de Homicidios, Moraima Torres creía haberlo visto todo. Mientras completaba los últimos datos para cerrar el expediente, aún su racionalidad, no asimilaba los hechos encerrados en aquel montón de documentos, declaraciones, pruebas de laboratorio y apuntes de investigación.

Por su experiencia sabía que el ser humano podía ser capaz de los crímenes más espantosos de concebir, en busca de de dinero, el honor perdido o una pasión enfermiza, pero este caso que le había robado los últimos seis meses de trabajo, le decía que aun mas allá de cualquier maldad del hombre, había una fuerza peor creadora de ideas retorcidas en la que el mismo diablo debe tener metida la mano.

Según lo que arrojaron las investigaciones, las seis víctimas del caso, fueron adolescentes masculinos, estudiantes de liceos públicos del oeste de la ciudad y con pasión hacia el género musical del rock y el heavy metal. Todos fueron contactados en el último concierto de una banda extranjera celebrado en un estadio y todos se conocieron entre si y fueron asesinados de la misma manera.

El caso que más conmovió a Moraima, fue el de Johnny Perdomo. Siendo este el penúltimo en morir, antes de fallecer pasó dos días en el hospital y su testimonio revelador, ayudó a esclarecer el resto de los crímenes y a la captura final de los culpables, pero no impidió que un joven más fuera asesinado.

Johnny Perdomo tenía catorce años, vivía en un barrio pobre de los suburbios y creció en un hogar desarticulado, donde un padrastro abusador propinaba palizas a los varones y manoseaba a las niñas de la casa.

En plena adolescencia, encontró en el rock pesado un refugio que lo hacía sentirse lejos de su pobreza y su desgracia. En un reproductor de mp3 que logró robarse en una tienda, se aficionó a escuchar bandas de heavy metal de los años ochenta como Van Halen, Metallica y Black Sabbath., se aisló del mundo oyendo aquel ritmo estridente del que no entendía una palabra.

Durante el proceso policial, al preguntar a familiares y amigos, todos coincidieron en que por esos días el joven tenía  nuevas amistades, siempre escuchaba música en unos audífonos y ya casi no se le veía por el barrio. El día seis de Junio en la tarde recibió un mensaje de texto en su celular, invitándole a la presentación de una nueva banda de rock en un galpón abandonado de la zona industrial.

Juan Andrés López, de veinticinco años, a quien Johnny había conocido un mes antes a la salida del concierto, lo recogió a las seis de la tarde en un centro comercial. Después de dos horas en el tráfico, llegaron al sitio y entraron por una puerta lateral del almacén. El abandono y la oscuridad del lugar, le hicieron saber al muchacho que había algo raro. Preguntó por la banda y el público y su acompañante sonrió mostrando unos colmillos de metal muy puntiagudos, que hasta ese momento habían pasado desapercibidos. De algún rincón en la oscuridad, comenzó a escucharse un rock donde el vocalista gritaba en ingles “Corre por tu vida”, que era el titulo una conocida canción.

El hombre agarró al muchacho por el brazo y lo mordió a la altura de la muñeca, fue un mordisco de bestia hambrienta que le hizo retorcerse de dolor. Un pedazo de carne fue arrancado de cuajo mientras que el agresor absorbía con desesperación  la sangre que comenzaba a manar, en ese momento, sin saber una palabra de inglés, Johnny siguió la letra del coro, se apartó de su agresor y en la penumbra corrió para tratar de salvarse.

Se apretó la herida con la mano, pero la sangre ya le empapaba los pantalones. La música y un olor a humedad lo invadían todo, trató de orientarse entre las sombras para saber donde había quedado la puerta, pero la sensación de tener alguien muy cerca, le hizo olvidar la salida  y tratar de defenderse. Sus pupilas se habían acostumbrado a la penumbra y vio claramente a otro de los tipos que conoció en el concierto, este lo saludó por su nombre y en ese momento se dio cuenta que al igual que el primero, iba vestido de negro y de inmediato se fijó en los colmillos.

Este era más alto y fuerte que el anterior. De un salto estaba junto a él y le inmovilizó con una llave de lucha. Trato de suplicar, de pedir clemencia. Pero le interrumpió un segundo mordisco muy cerca del cuello. Esta vez la mordida fue aún más dolorosa. Los dientes de metal engancharon una parte de los músculos del hombro y el agresor atenazó la mandíbula y  sacudió varias veces al muchacho  buscando las venas de la garganta. Johnny atormentado, gritó pidiendo ayuda, en un alarido que hizo eco sobre el sonido del rock. Su atacante chupó sangre de la herida por unos momentos y le liberó para que huyera.

No había que ser muy inteligente para saber que esos hombres eran una especie de vampiros y que aquello era un festín y él, era el plato principal. Se sintió la presa de una cacería y en medio del pánico, olvidó por completo seguir buscando la puerta de salida y se resignó al siguiente ataque.

Eran ya las once de la noche y los gritos de dolor y miedo, despertaron a un indigente que dormía en la orilla de un riachuelo nauseabundo al fondo del almacén. El pordiosero caminó un kilometro hasta la carretera principal, e informó a un policía que hacía ronda en un carro patrulla, pero el agente desestimó la denuncia al ver la facha del viejo.

Durante esos minutos Johnny estuvo escondido bajo una escalera que daba a un segundo piso. Al dar unos pasos, algo muy pesado cayó sobre él derribándole. Un tercer atacante le montó las rodillas en sus antebrazos, dejándolo indefenso, se acercó a su cara y le mordió la mejilla derecha, esta vez la sangre le inundó los ojos, pero pudo ver  que el hombre reía y los colmillos se abalanzaron nuevamente hacia él,  un dolor punzante como de hierro caliente, le hizo darse cuenta que una de sus orejas era arrancada. El atacante con la boca llena de sangre y piel, giró y desapareció en la oscuridad. Johnny ya no tuvo fuerzas para levantarse y se limitó a seguir gritando con la poca voz que le quedaba. Se sintió halado por una pierna y volteado boca abajo, y alguien mas  comenzó a morder su espalda, mientras el coro de la canción repetía: “run for your life , run for your life…  if you can”.

Fue Moraima Torres quien escuchó en la frecuencia del radio oficial, el comentario de un viejo loco que había escuchado gritos en un área abandonada de la zona industrial. Ya estaba por terminar su turno de guardia, pero su intuición la empujo hasta el sitio. Encontró al viejo sentado en una acera y le sacó la información del lugar exacto. Al entrar, halló al joven sobre un charco de propia sangre y con un hilo de vida.

Toda la información del ataque y un trabajo arduo de investigación, le permitió descubrir que los colmillos de metal eran fabricados con acero y fijados a través de unos implantes fijos en la parte superior de la dentadura,. Esto permitía poder removerlos y volverlos a colocar a voluntad. Este trabajo dental llegaba a costar unos tres mil dólares y era hecho por odontólogos sin licencia en las grandes capitales del exterior, pero no en el país. En el submundo de las bandas de rock pesado de la ciudad, se localizaron cincuenta jóvenes quienes los usaban.

Le pareció increíble saber, como en países desarrollados, miles de muchachos se reunían en pandillas para lucir estos dientes afilados y practicar actos satánicos. Descubrió además, que grupos de culto a la magia negra y practicantes de ritos de vampiros como beber y bañarse con sangre humana, se habían extendido en forma alarmante, Nueva york era la metrópolis con más grupos aficionados al tema de los vampiros.

Mientras la detective consiguió esta información, el cadáver del último joven fue hallado en unos matorrales de un parque municipal.

En la detención de catorce sospechosos que usaban los colmillos de acero, ocho de ellos habían viajado a Nueva York por lo menos dos veces en el último año. Uno de los que sospechosos, María Luengo, de veintitrés años, estudiante de diseño gráfico quien aprendió inglés en Estados Unidos y se decía perteneciente al movimiento “Gótico”, se contradijo en un interrogatorio y al final confesó haber participado en los homicidios, y delato a cinco personas mas. Todos los miembros del grupo fueron detenidos, a excepción de Juan Andrés López, el líder, su familia lo sacó del país y lo internó en un hospital de locos, para salvarlo de la cárcel y de si mismo.

Los periódicos presentaron el caso y apodaron los asesinos como la banda de “Los vampiros”. Sin embargo, en asociación con las historias de vampiros, la brutalidad de los crímenes fue tan atroz, que las historias del conde Drácula parecían cuentos de niños. Según los homicidas el nombre real del grupo era “Dark Flavor”, que traducido al español se traduce en algo como “Sabor oscuro”.

Torres se ganó una condecoración por su trabajo para esclarecer el crimen. Durante el brindis en el club de oficiales, un joven mesonero le ofreció un vino tinto del sur, que a ella le pareció muy bueno. Mientras le servía la segunda copa el joven la miró con firmeza y le dijo, que este vino era tan apetitoso por tenía “un toque de sabor oscuro”.

MH

sábado, 28 de mayo de 2011

Mi encuentro con el fraile.

Fue en 1545 cuando Fray Bartolomé de Las Casas ejercía el cargo de Obispo de Chiapas, que fuimos presentados en una reunión motivada por la misión que me llevó a aquellas tierras. Su hablar era pausado y sereno pero el tono que imprimía a cada frase dejaba bien claro su personalidad fuerte y templada al fragor de la conquista española en América.
De perfil elegante y rostro sereno, sus rasgos denotaban esa herencia afrancesada que le venía por línea paterna y era quizá el contacto con una verdadera fe cristiana lo que suavizaba su apariencia y le diferenciaba del resto de los sacerdotes españoles.
De estatura mediana pero robusta, la piel curtida por el sol del trópico y una calvicie ya avanzada, Bartolomé de Las Casas había representado con su ejemplo un eje de humanización en esa sangrienta vorágine en la que se había convertido la colonización de las Indias. Ya se hablaba de 500.000 indígenas masacrados. Y había el comentario que durante la matanza de un centenar de indios mansos en el desembarco en Cuba, Las Casas que acompañaba la expedición le dijo al conquistador Narváez: “Os ofrezco a vos y a vuestros hombres al diablo". Era este fraile dominico de mirada cálida que hoy tenía frente a mí, la única voz valiente para defender a la población indígena en el Nuevo Mundo.
Yo había sido enviado por el rey Carlos I a tomar en forma directa los denuncias hechas por Las Casas y que el mismo rey había desoído un par de años atrás. Al estar a solas en su despacho, me presenté ante él con respeto, como Manuel Hernández de Fonseca escribano del Consejo de Indias y de inmediato una mueca de burla se dibujó en su cara, como si el solo nombre de la administración española para las Indias le revolviera las tripas.
Giró sobre sus talones y sin disimular su disgusto dio media vuelta y se dirigió a su mesa de trabajo, acomodó su hábito sacerdotal limpio y alisado y se sentó. Me quedé de pié y desde de allí observé como revolvía unos documentos y revisaba un gaveta con el rostro descompuesto sin ni siquiera invitarme a sentar o dirigirme la palabra. Pasados unos minutos levanto los ojos y su mirada no era la misma, sus ojos marrones se volvieron agudos y llenos de una furia contenida en la impotencia del testigo obligado de cuanto acontecía en esas tierras.
Comenzó por narrarme como amarrados a un tronco incendiaban vivos a los indígenas, como empalaban a los jefes de tribus hasta morir desangrados en profunda agonía. Narró casi a gritos y detalladamente como los indios eran manejados como bestias de carga y morían de cansancio y azotes. Su voz se torno mas aguda y chillona cuando decía que a las mujeres, enviadas a sembrar y cosechar y mal alimentadas, se les secaba su seno y los recién nacidos morían de hambre y mengua. Su boca descompuesta y desfigurada, hablaba sin darme tiempo a informarle que su majestad había ordenado recibir sus quejas por escrito, pero Bartolomé de Las Casas ya había escrito suficiente.
Aquel fraile luchador y estudioso necesitaba ser escuchado, y en el dolor arrancado quizá en noches de pesadilla recordando tanto horror, soñaba en ese momento que un simple escribano como yo podía repetir personalmente al rey toda esta historia negra y abominable que se cometía en nombre de Dios y la corona de España. De pronto dio un salto de la silla, levantó las manos y me apuntó con su dedo largo y delgado, preguntándome si sabía la historia de Anacaona, esposa del cacique Caonabo y como su tribu entera fue incendiada en un caney durante una celebración de bienvenida organizada por los indígenas en honor a los españoles y mas tarde ella misma fue capturada, ahorcada y despedazado su cuerpo para alimentar perros bravos.
Aquel hombre que al principio de la entrevista me lucia amable y valiente, ahora era un remolino de odio, impotencia y dolor ante tante injusticia y tanta sordera. Enumeró sus enemigos y todas las amenazas de muerte recibidas por defender a los indios y ya gritando me decía que si Don Fernando El Católico, nuestro antiguo rey, aun viviera nada de esto estuviera sucediendo. Su amplia frente se perló de sudor y sus ojos se humedecieron. Me hablo de todos sus viajes: por La Española, Santo Domingo, Cumaná y Cuba y cómo después de cuarenta años seguía viendo cómo eran arrancadas cincuenta, cien y hasta doscientas manos y narices tan solo para sembrar el terror y seguir esta carnicería humana que parecía no tener fin.
Después de casi una hora, aquel hombre de Dios se sentía exhausto, dejó caer los brazos a los lados y ya no gesticuló mas. Sus hombros haciendo una curva buscaban el suelo y en ellos estaba el peso y el dolor de tanta sangre, tanto inocente muerto y tanta injusticia.
Fray Bartolomé de Las Casas se sentó muy lentamente y abrió de nuevo la gaveta, me entregó un sobre con un manuscrito de más de doscientas páginas.
Al despedirse me dijo: Entréguele este mi informe al rey, pero a todo a quien que en la corte quiera escucharle, cuéntele estas historias, porque juro por nuestro Creador que cada palabra es verdad y que esta desgracia ha de terminar.

Alfileres y rocío.

Apenas inició la caminata de subida por la colina, comenzó a sentir la humedad en su cuerpo. Se dio cuenta que desde aquel terrible incidente, en situaciones que alteraban su tranquilidad, una sudoración anormal le invadía y su frente se perlaba de unas gotas gruesas que mas parecían un rocío, como si estuvieran hechas de cristal y no de agua. Recordó de inmediato las punzadas en la lengua como si mil alfileres se clavaran en ella y revivió todo el horror de aquella noche. Sacudió la cabeza para alejar el mal recuerdo y trató de acelerar el paso, para ver si el esfuerzo despejaba su mente.
El carro había estado fallando desde hacía una semana y él en su desorganización constante, había estado posponiendo la visita al taller mecánico y solo lo lamentó, cuando se vio obligado a salir en este viaje urgente y el vehículo se había recalentado en medio de aquella carretera solitaria en la oscuridad de las diez de la noche. Siguió andando con esfuerzo por el estrecho camino de tierra y un sonido de golpe seco en la vegetación le provocó un sobresalto, “Una fruta que quizá cayó de un árbol” pensó.
Con cada paso el recuerdo regresaba vivo a su memoria, el ruido que acaba de escuchar rememoró aquel otro ruido que lo despertó en medio de la noche. El sonido de la cerradura de su apartamento saltando en pedazos y los murmullos que siguieron al de aquella puerta rota, parecían lejanos a los ruidos de esta noche en medio del campo. En su mente vio de nuevo entrar en su dormitorio, aquellos hombres, que le apuntaron con un arma, que le golpearon en el estomago haciéndolo quedar sin aire y luego en la mandíbula para dejarlo semiconsciente, mientras escuchaba como su esposa Mirta trataba de gritar, antes de que una bofetada la tumbara en la cama casi desnuda e indefensa en la penumbra de la habitación.
Conoció a Mirta en el último año de la carrera en la Escuela de Farmacia. Habían coincidido en varias clases pero ella siempre le pareció un poco tímida y hasta insignificante. De estatura mediana y de piel pálida, ella siempre se vestía de un modo sencillo, con el pelo recogido y usaba unos zapatos de goma que la acompañaron durante toda la universidad. Fue una tarde al salir de un examen, la primera vez que se sentó junto a ella en un jardín de la facultad y mientras fumaban un cigarrillo, hablaron de cómo les había ido en la prueba. Él la encontró divertida e inteligente y se dio cuenta de que había algo que le atraía hacia ella de forma especial. Al despedirse con un beso en la mejilla, se dio cuenta que era su aroma. Ese aroma, que lo atrajo el primer día que la tuvo cerca y que después, encontró en su cuello, debajo de sus brazos y en su entrepierna y lo hizo amarla con pasión. Un año después de la graduación se casaron en una boda sencilla y alegre en un domingo caluroso. Y al año siguiente bautizaron a José Antonio su único hijo, que desde que nació había sido siempre un niño llorón, con un apetito insaciable.
El llanto del niño llorando y aquella voz que amenazaba: “Que se calle el carajito o lo callo yo”, lo regresó a su recuerdo. Las voces venían de la habitación del bebé. Él seguía tirado en el piso de su cuarto, un nudo le apretaba las muñecas detrás de la espalda y otra cuerda le partía la boca en dos. Se dio cuenta de que no eran cuerdas sino corbatas. Le habían amarrado y amordazado con sus propias corbatas. Abrió los ojos y encontró la lámpara en la mesa de noche encendida. Aquellos hombres paseaban por su apartamento como en una fiesta. Oyó ruidos en su cocina y se dio cuenta de que cocinaban, bebían y hacían chistes de aquella situación. “Coño este guisquicito esta muy bueno mi pana”. “Fríete todos esos tequeños que hay filo”. “¿Y la jeva?” , “ahí esta con el chamo, ya yo la amansé”.
Las risas de borracho que siguieron esa última frase, le hicieron tratar de acercarse a la puerta. Como pudo, escupió la sangre que aun tenía en la boca. No se pudo levantar y camino de rodillas, golpeó la puerta con la cabeza y alguien vino y la abrió con violencia y el empujón lo tiró de espalda. Un puntapié en el abdomen y dos más en la cara y la cabeza, lo hicieron gemir de dolor. Vio la cara del agresor. Un bigote finito y una dentadura amarilla donde faltaban dos dientes y aquel rostro de animal lleno de alcohol, drogas y desvergüenza. Mas golpes y una nube de sueño y pesadez le hicieron delirar y comenzó a recriminarse, porque en vez de acercarse a la puerta, no buscó un teléfono para pedir ayuda. Estaba el teléfono fijo de la habitación y su celular debía estar en el bolsillo de su pantalón. Por momentos volvía en sí y sentía aun más ajustadas las corbatas alrededor de sus manos y de su boca. Se tranquilizaba al no escuchar gritos de su esposa ni el llanto del niño, pero de pronto, el pánico le invadió, con la idea de que pudieran haberles asesinado. Fue cuando sintió los mil alfileres en la lengua por primera vez y las gotas de sudor perlaron su frente, inmóviles, como pretendiendo quedarse allí para siempre.
Comenzó a balancear los brazos en forma exagerada para ayudarse a subir la cuesta. Sacó un pañuelo de su bolsillo y lo pasó varias veces por su frente, pero las gotas seguían allí, lo guardó nuevamente y recordó que fue en un programa de radio donde escuchó que el movimiento de los brazos hace más fácil las caminatas y las carreras. Miró su reloj y ya eran las diez y media de la noche, faltaban como seiscientos metros para llegar a la casa y tenía la camisa empapada en sudor, por un momento volteó para calcular el trecho andado. La luna comenzaba a salir y a lo lejos divisó la carretera y la salida de la curva donde había dejado el carro en la orilla de la vía. Las luces intermitentes del automóvil aún seguían funcionando. No sabía porque le había cruzado la idea de que en aquella casa a donde se dirigía, pudiera vivir un mecánico o alguien que le ayudara a reparar el vehículo. Con el recalentamiento del motor, una manguera se había roto y el radiador se quedó sin agua, seguir rodando el carro en esas condiciones hubiera fundido el motor.
Sintió que alguien se acercaba a su lado, Mirta lo abrazó y entre sollozos solo le decía: “Armando mi amor… mi amor”. No quería abrir los ojos para no despertar, por un momento pensaba que era un sueño que su esposa estuviera a su lado hablándole. Cuando sintió que ella se levantaba, se volteó de inmediato y emitió un grito ahogado por la mordaza suplicando que no lo dejara, ella corrió hacia la sala y regresó tan rápido como pudo con un cuchillo de mesa, que fue lo único que encontró para cortar las corbatas. En ese momento él comenzó a hacer un esbozo del daño. Ella tenía un ojo hinchado que casi no podía abrir, el labio inferior roto, estaba mas pálida que nunca y un arañazo le cruzaba el cuello. Al verse libre la abrazó con fuerza y en el primer atisbo de realidad de aquella maldita pesadilla, él comenzó a sollozar como un niño que regresaba del fondo del mar, después de estar a punto de haberse ahogado.
Como pudo, se levantó sin dejar de abrazar a su esposa y de pronto casi la empujó para correr al cuarto del bebe, “¿Y el niño?” preguntó. “El está bien” fue su repuesta. El la miró de nuevo a los ojos y aunque sus oídos se cerraban a escuchar alguna respuesta, de inmediato le dijo: ”¿Que te hicieron?”. Su respuesta fue siempre la misma, esa noche y todas las otras veces que él volvía a preguntarle: “Estoy bien no pasó nada. Estamos vivos. Todo está bien”.
En el parte a la policía declararon haber sido encerrados los tres en el mismo cuarto, junto al bebe y cubiertos con una cobija. Que nunca vieron a sus agresores y que los golpes, el susto y las cosas robadas fue todo cuanto ocurrió.
Los malhechores se llevaron de su casa sus laptops de trabajo, el equipo de sonido, joyas, relojes, todo el efectivo que tenían y sus pasaportes. Armando recordaría, ante su ansiedad de llamar para pedir ayuda mientras estuvo amarrado, que lo primero que hicieron los delincuentes al llegar fue arrancar el cable del teléfono, encontrar y apagar los celulares, lo que eliminó desde el principio cualquier posibilidad de hacer una llamada de emergencia. Lo que no se pudieron llevar lo destrozaron. Con una hojilla cortaron la tela del sofá de la sala y los lienzos de los cuadros en las paredes, el licor que no consumieron lo tiraron al desagüe. Rompieron la colección de cerámica de gres que fue la pasión de Mirta desde adolescente. Se llevaron los dos maletines llenos de medicinas, que los esposos usaban a diario como vendedores de un laboratorio medico. Orinaron y defecaron en la cocina y en el medio del comedor. Y derramaron en el suelo todo los alimentos que encontraron en la alacena y en el refrigerador. Un vecino al ser interrogado, declaró el haber escuchado ruidos, pero pensó que era un pleito entre marido y mujer.
Mirta se negó a ir al hospital o al menos eso fue lo que siempre le dijo a él. Que todo estaba bien y que no había necesidad de ir al doctor. Se mudaron a casa de la mamá de ella mientras la domestica limpiaba el apartamento y se hacían las reparaciones de rigor. Se auto recetaron analgésicos de día y somníferos de noche y después de tres semanas, aislados y sin casi hablar con nadie, ni siquiera entre ellos. Volvieron al mismo apartamento con otros muebles, otros cuadros y otros colores de pintura en las paredes, tres cerraduras adicionales en la puerta y una nueva reja de seguridad.
Siguió subiendo la cuesta y sus sensaciones eran las mismas, al llegar a esta etapa de su propia historia, se reponía, se sentía aliviado como si lo peor hubiera pasado y recordaba las palabras de su esposa. “Estamos vivos. Todo está bien”. Pero él sabía que aquello no era verdad. Habían pasado cinco meses y no habían vuelto a hacer el amor. Ella tan retozona en la intimidad y quien siempre tomaba la iniciativa se mostraba aislada y fría. Lo que descubría la respuesta de Mirta cuando el preguntó “¿Que te hicieron?”. Hasta José Antonio, quien antes lloraba a cada rato por cualquier detalle, se había vuelto un niño distraído y quieto, como si no quisiera molestar a sus padres ante su infortunio.
Le exigió a su esposa que se tomara unos meses de descanso. Él reanudó su trabajo y la rutina de sus viajes. Las visitas de negocio a médicos y hospitales, le ayudaban a mantener la mente ocupada y a no pensar en cómo su vida había cambiado después de lo sucedido. Así que con una sola entrada de dinero en la casa, aceptaba los viajes más largos y los destinos más alejados donde le pagaban mejor. Eso también le permitía alejarse de casa y evitar mirar a su mujer a los ojos. Ambos perdieron muchas cosas aquella noche. Cosas que él creía no volver a recuperar jamás.
Al final del camino, vio la puerta de metal azul con la pintura manchada por el oxido y el descuido, y alumbrada por el único bombillo colgando de un cable, en la fachada de la casa de ladrillos sin frisar. Volvió a secarse inútilmente las gotas de sudor en la frente antes de llegar a la casa y tocó la puerta tratando de no hacerlo fuerte, para no asustar a los habitantes de la vivienda. Una voz de mujer que regresaba del sueño, preguntó con un gruñido de cuervo: “Que eeees”. Armando acercó la cara a la puerta y dijo “Buenas… señora me accidente en la carretera, ¿habrá por aquí algún mecánico?”. Por respuesta oyó el pasador de la puerta y vio media cara de la mujer a través de la rendija. “Ya va, espérese”, contestó la mujer que parecía más joven que su voz chillona y odiosa. Escuchó ruidos dentro de la habitación y sintió un olor a miseria y a sudores viejos que salía por la puerta de la casa. A los pocos minutos, un hombre alto, vestido con una franela sin mangas y despeinado, salió y en la claridad del bombillo le preguntó que donde estaba el carro. El levantó el brazo en un ademán para señalarle que había que bajar el cerro hasta la carretera, pero su brazo quedó suspendido en el aire cuando el hombre levantó bien la cara y en una mueca mostró un bigotito fino sobre una dentadura amarilla, donde faltaban algunos dientes.

martes, 29 de diciembre de 2009

Las Trinitarias I

Nuca se supo si aquel hombre llego al pueblo por simple casualidad o por un designio del destino. Su andar pausado y lento inspiraban ese miedo, de la persona segura de si misma, cuya intención no conocemos, pero que sabemos siempre obtienen lo que se proponen. Por vida, una maleta de cuero marrón, que aparentaba tener toda una larga historia de viajes, pero bien conservaba aun la dignidad de mejores tiempo. Su dueño se registro en la única pensión del pueblo.

Era un casa de paredes blancas que bien mantenida por la Viuda López, albergaba a todo el viajante que atinaba a pasar mas de una noche en aquel caserío de varias calles que cada día era mas olvidado por el mundo . La viuda , no tuvo hijos. Su marido, un Guardia Nacional muerto en un enfrentamiento con contrabandistas, le dejo la pensión en aquella casa que el a su vez había heredado de su padre. Las malas lenguas decían que a López no lo había matado un tiro de algún contrabandista, sino de otro Guardia Nacional, a quien la mujer le parió un hijo que era el vivo retrato de López hasta en la forma de hablar. La viuda hacia una mueca cuando alguna vecina imprudente dejaba escapar un comentario al respecto.
- Es que a la gente le gusta hablar zoquetadas. Mi marido, que en paz descanse, era estéril por eso nunca tuvimos hijos.
El puesto de la Guardia Nacional cercano al pueblo, estaba rodeado por un villorrio de 10 casa donde Vivian los efectivos y sus familiares. El muchacho ya había cumplido 15 anos. Y su rostro vivo retrato del verdadero padre, delataba cada año mas a la adultera mujer y al cornudo asesino.

La viuda López gerenciaba la pensión con férrea voluntad de ama de llaves inglesa. Limpiaba pisos y ventanas todos los días antes de salir el sol, regaba las macetas y el jardín y ya a las seis y media de la mañana ya había hervido café y amasado alguna arepa si tenia huéspedes que quisieran desayunar. Huéspedes que cada día eran mas escasos. Porque eso si era el orgullo de la Viuda López, su posada era un sitio decente y a ningunos amantes futivos del pueblo se les ocurriría nunca ir a disfrutar del amor por sincero u ocasional que fuera en casa de la viuda López. Prefería tener los cuartos vacíos que llenos de gente “inmunda”.
- El amor - repetía - tiene que estar bendecido por Dios y todo aquel casado debe tener casa y cama. Así que en mi pensión solo viajeros o familias decentes de visita en el pueblo.

Cuando el extraño llegó, la viuda lo escruto de arriba a abajo. Después del minucioso examen visual, prestó atención a su hablar pausado y firme. No pudo determinar por su acento de donde exactamente provenía el visitante, pero si supo que debía ser de alguna región del centro del país y que en el constante viajar había perdido el acento de su origen. Al final el hombre quien se presentó como Alberto Gamboa, paso el examen, la viuda le pidió alguna identificación y le hizo llenar el libro de registro con formatos que ella misma había ordenado imprimir. El hombre llenó todo los datos y en un momento levanto la vista del libro sonriendo y le dijo:
- En verdad no recuerdo cual es la fecha de mi bautizo, pero creo que fue en el mes de Diciembre.
La viuda aprobó con la cabeza y dijo:
- Con el mes estará bien.
El hombre pensó : Clase de vaina con esta señora, como si al que no bautizan no fuera gente.

La habitación era limpia y fresca las sabanas olían a lejía y el baño estaba mas aséptico que un quirófano. Una cosa era segura, nunca había estado en una habitación tan limpia. De inmediato pensó que esta vieja jamás habría tirado en su vida. Una persona con tal sentido de la higiene y la limpieza jamás disfrutaría de un buen revolcón a media tarde y su consabido intercambio de olores y fluidos. Bueno al diablo la vieja y sus manías. Su finalidad no era hacer negocios ni vender materiales de construcción como puso en el libro de entrada. Su único y verdadero afán era encontrar a Maria Coromoto Colmenares y regresarla a su casa, como fueron las instrucciones precisas del padre de la muchacha: viva o muerta.
Anoche en el autobús había soñado con la muchacha. La soñó morena y buena moza con nalgas apretadas y redondas como las de la madre y cara de arrecha como el padre. Bueno una cosa estaba clara, la muchacha tenia valor. Largarse de su casa a media noche con un desconocido, con tres mudas de ropa y llamar desde un teléfono publico al amanecer a 700 kilómetros de distancia era una osadía. Pero encima de eso, siendo hija de Felipe Colmenares, era como para darle la Cruz de Hierro en su única clase. Nojoda, la muchacha en vez de ovarios debía tener testículos.

El viejo Felipe tenia un carácter de locomotora. Había sido peón de hacienda y aprovechado cada una de las oportunidades que la vida le presento. Siempre decía que la vida era una oportunidad, un chance. Y un chance nunca se pierde, o lo aprovecha uno o lo aprovecha otro. Y entre chance y chance el viejo tenia dos mil hectáreas de tierra fértil repartidas en varias haciendas, una docena de hijos dentro y otra docena fuera del matrimonio, tenia su propio cementerio donde por caridad con las viudas había enterrado a cada uno de sus enemigos y como el mismo decía: “aun habían parcelas disponibles”. De lo único que no estaba seguro era del numero de cabezas de ganado que tenia marcadas y registradas entre las tres haciendas. Pero con 65 anos, cáncer en la próstata y la hija menor huida con un pendejo vendedor de seguros a quien carajo le importan unas vacas mas o menos.

El viejo contrató a Gamboa la primera vez para mandar a darle una paliza a la mujer del alcalde nuevo, que era una abogadita que no entendía como “se batía el cobre” en los asuntos de política. Estaba revisa que te revisa los impuestos de las haciendas del viejo y la evasión era espantosa. La abogada redactó una carta donde citaba al viejo y a su administrador para una conversación sobre asuntos fiscales. Fiscales su madre.

Gamboa era capataz de una hacienda y el viejo siempre le tuvo en buena estima. Lo instruyó personalmente para el trabajo.:
- Le quita las placas a la camioneta se trae dos carajos de Barquisimeto, para que lo ayuden, eso si que tengan mucha hambre y mala memoria. La espera en la curva de La Churrita, le atraviesa la camioneta. La baja del carro por el pelo y la sube a patadas. No abra la jeta que le reconocen la voz. Media de nylon en la cara. Nada de metedera de mano y mucho menos se la vaya a coger, lo que quiero es que se asuste, que sienta la zaparranda de coñazos. Yo me encargo de avisarle que lo próxima vez usted no va a ser tan respetuoso y así que ella sabrá.

La Dra. Maritza Chirinos, tuvo quince días en el Hospital, perdió dos dientes y varios mechones de pelo. Seis puntos de sutura en una ceja y hematomas generalizados en tórax y abdomen. Paso tres días totalmente afónica por la ronquera de tanto gritar. Pero lo suficientemente lucida para alejarse de aquel maldito pueblo y pedirle el divorcio a su marido. José Luís Chirinos. El flamante Alcalde de Sta. Lucia quien había tenido la brillante idea de revisarle los antecedentes de impuestos al viejo. Al viejo Colmenares, que bolas. Después que el viejo le financió la campaña electoral, después que lo presentó a todos los hacendados de la región, después que le dijo a todos sus obreros que quien no votara por Chirinos, que buscara trabajo en otra parte, después que lo hizo, lo "fabricó" como alcalde. Que bolas tenia Chirinos! Bueno al fin de cuentas ni bolas tenia Chirinos, mando a su mujercita a hacer el trabajo sucio y cuando el viejo se presentó hecho un tornado a exigirle cuentas. El Chirinos puso su cara de bobo bien administrado y le dijo:

- Don Felipe Ud. me va a disculpar pero eso son cosas de mi mujer y yo no me puedo meter. Ud sabe que ella ha trabajado toda la vida para el Ministerio de Hacienda y ahora que su padrino es el ministro, ella quiere quedarle bien.

Don Felipe estalló, pateó una de las sillas de espera del despacho del Alcalde y en aquel momento su hipertensión era digna de un estudio cardiológico en la Facultad de Medicina:
- Oye me bien cagón de mierda. El dueño de todo este pueblo incluyendo este maldito edificio donde funciona la Alcaldía soy yo. Y aquí se hace lo que yo diga o tu le dices a tu mujer que se largue del pueblo y le vaya a limpiar el culo al ministro que ya no puede de viejo o serás el alcalde con la carrera mas corta de la historia.

El pobre diablo de Chirinos uso su voz mas firme y le dijo:
- Don Felipe le prometo que haré todo lo que pueda, hablare con ella y trataré de convencerla, pero no puedo garantizarle nada y le agradezco que no siga gritando ni haciendo destrozos mire que pierdo autoridad con el personal.
- Autoridad, nojoda pendejo ni si quiera puedes controlar a la enana colona de tu mujer. Que autoridad ni que nada, carajo que equivocada me eché contigo.

El viejo salió, tiró la puerta y de una vez mandó a llamar a Gamboa.

El alcalde golpeó la mesa y maldijo al viejo. Si creía que se iba a escapar estaba muy equivocado, el financiamiento de la campaña era migajas comparado con lo que tendría que soltarle para enterrar el muerto de evasión fiscal durante años y años. Eran otros tiempos. El era el alcalde y las alcaldías eran municipios autónomos y el sabía que después de esto no habría re-elección en eso tenia razón Don Felipe el era el dueño y en aquel fin de mundo se hacía lo que el decía pero, todavía quedaban dos anos de gobierno municipal y el sabría aprovecharlos. Puede ser que el viejo lo enterrara como político pero quien carajo quiere ser político cuando se es rico.

José Luis Chirinos recordaría aquella visita en la sala de espera de la clínica los días en que Maritza estuvo hospitalizada, después del ataque el se presentó en la hacienda de Colmenares para pedirle cuentas. Un peón le dijo que don Felipe lo estaba esperando en el corral al lado de la vaquera.
- A caramba si por aquí esta el Sr. Alcalde pase por aquí que estamos capando los mautes.- le dijo en un saludo lleno de burla.

A pesar de tener varios años viviendo en aquella zona el alcalde nunca había presenciado aquella actividad. Entre dos peones amarraban al ternero y lo derribaban. El capataz estiraba los testículos del animal lo mas que podía y con una hojilla gruesa y muy afilada que parecía de uso industrial cortaba la piel alrededor, cada testículo emergía envuelto en sangre y un ultimo corte lo separaba finalmente de su dueño. Todo esto sin ningún tipo de anestesia o consideración. Después del proceso con una esponja sucia empapada en brea y creolina untaban el vació escoto de la res para evitar moscas e infecciones. Al terminar la tarea, algunos becerros ni siquiera podían ponerse en pié. El capataz trajo la masa sanguinolenta y se la entrego al viejo. Felipe miro al joven alcalde y se la acercó al rostro para que sintiera el olor y antes de lanzarla un balde que estaba casi lleno, le comentó que los cojones de toro eran un excelente afrodisíaco, que siempre recomendaban a los recién casados y con ironía le pregunto:
- Por cierto me comentaron que tu mujer se ha sentido mal, ¿como sigue?

José Chirinos no contestó, dió media vuelta y se fué caminando hacia la camioneta. Toda la furia, el odio hacia el viejo y el amor por defender a su esposa, se habían quedado en aquel balde lleno de cojones de toro.

El Ministro escucho rumores que detrás de la agresión a su ahijada estaba la mano de Colmenares y en un reunión publica se manifestó molesto:

- Felipe? jamás creería eso. A el le debemos nuestro triunfo en la zona norte y siempre ha sido un colaborador incondicional del partido. Ese es el pendejo de Chirinos que ni siquiera sabe como cuidar a mi sobrina, dígale a Maritza que se venga a trabajar conmigo en el despacho.

El divorcio salio en apenas 60 días. Y el joven alcalde abandonado y sin sueños de hacerse con algunos de los millones del viejo para asegurar su propia vejez, daba tumbos y deambulaba por el municipio sin tener cabeza para nada.
Felipe volvió a ver al alcalde en una feria agropecuaria donde se tomaron muchos whiskys y ya borracho el alcalde le pidió perdón al viejo por desafiar su autoridad y prometió que todo volvería ser como antes. El viejo le dio cincuenta mil bolívares a una de las pavitas que estaba en un stand promocionando medicinas veterinarias, con la misión de arrastrar al alcalde a un motel en la carretera y enterrar el recuerdo de la “cuaimita” de la ex-mujer. La damita aprendiz de modelo, ya tenia experiencia con varias ferias agropecuarias encima Después de la “ordeñada”, el alcalde era un hombre nuevo y juraba lealtad incondicional al viejo.

Esas eran la historias de Felipe Colmenares y el trabajito con la mujer del alcalde. A partir de ese momento el alcalde le vendió su alma al diablo y comenzó a labrar su camino a la tumba después de pasar por el infierno.